TEATRO




DIALOGO NO COMPARTIDO



PERSONAJES: Hortensia, mujer de unos 45 años, está vestida con un  pijama y una bata de estar por casa, tiene ojeras, mal color de cara y está despeinada.
Samuel: Tiene 14 años, una cresta de pelo en la cabeza, pelos teñidos de color rubio muy claro. Puede estar en escena acostado en la cama ó se puede proyectar su imagen en una pantalla. Siempre va a estar dormido.
Se puede sustituir por un maniquí, porque no va a intervenir en ningún momento


 ESCENARIO: Una habitación típica de adolescente, con póster de ídolos juveniles en las paredes. Mesa de estudio con ordenador. Últimos modelos de aparatos de electrónica. En las estanterías hay libros, juguetes, etc.
Se debe dejar la pared de enfrente del público libre para poder ir proyectando imágenes. Hay ropa tirada por toda la habitación. Hay una puerta a la derecha del escenario por donde entra Hortensia.
Tiene que oírse música cada vez que cambia de imagen el proyector para que la actriz pueda descansar algo y seguir con el monólogo.


HORTENSIA: (está muy cabreada, empieza a andar por la habitación a la vez que va recogiendo la ropa y los zapatos tirados por doquier) ¡Joder, por fin apareció el señorito! Y otra vez igual. Otra vez puesto hasta el culo, con lo cual ni siquiera te vas a enterar de lo que te digo. ¡Joder, me tienes harta, harta, más que harta! ¡Me tienes desesperada! ¡Otra noche sin dormir! ¿Crees que tienes derecho a tratarme así? ¿Mocoso de mierda? Dentro de un rato me tengo que ir a trabajar. Sin haber dormido ¿crees que voy a tener cuerpo para atender a los clientes, cuando no he podido pegar ojo en toda la noche. Pero bueno, a quién le digo esto, ¿a ti qué te importa? Si me tienes toda la noche sentada en el sofá y con el teléfono pegado a la oreja. Y siempre preguntándome: “volverá, no volverá, de dónde me llamarán esta vez, del Hospital o de la comisaría. Y…sabes una cosa…ya ni siquiera sé qué es lo peor. Ya, ya, ya sé que no me oyes, que te habrás metido para el cuerpo todo lo que te hayas encontrado por ahí.  Sabes por eso incluso me atrevo a decirte estas cosas (gritándole) ¡eres un cabrón y un hijo de puta! ¿sabes? Si, atreverme, porque después de lo de ayer, te estoy cogiendo miedo. ¿Quién me lo iba a decir…? (se queda callada un momento. En la pantalla aparece una foto de ella con Samuel recién nacido la mira fijamente y sigue) Si, quien me lo iba a decir, mira el día en que naciste, yo me sentí la mujer más feliz del mundo y tu padre, bueno tu padre, no te quiero ni contar…cuando fue de la clínica a casa a recoger ropa para nosotros, compró un cochecito de goma, si un cochecito y te lo acercó a las manos para que jugaras con él.  Él como era el más pequeño de sus hermanos no sabía nada de bebés. Ni siquiera se atrevía a sacarte de la cuna. (en la pantalla aparece Samuel padre, con él en brazos. Ya Samuel hijo tiene un añito y están en la playa. Hortensia ahora sigue con voz nostálgica y tierna) ¡Qué felices se os ve a los dos! ¡Mira qué hoyitos tienes en las dos mejillas! ¡Mira cómo te tiene sujeto tu padre, como si fueras su más valioso tesoro y se lo pudieran arrebatar! Cuando íbamos a la playa él metía las naranjas enteras en la bolsa y el exprimidor manual  y con gran paciencia te hacía el zumo para que te lo tomarás recién hecho  (imitando la voz de Samuel padre) “Hortensia, al niño le vamos a dar siempre cosas naturales, nada de productos elaborados, el pobre…(aquí se le quiebra la voz y se le saltan las lágrimas) era…,era…incapaz de reñirte, no lo hizo, ni cuando le rompiste las gafas y tuvo que esperar a que abrieran la óptica al día siguiente para poder conseguir otras. Lo pasó fatal.  (aparece una foto de Hortensia con Samuel, cuando éste tenía tres años) ¿Te acuerdas del juego que hacíamos cuando ibas a dormir? Siempre te tenías que acostar en nuestra cama hasta que te dormías y luego papá te llevaba con mucho cuidado a tu camita. ¡Ah, el juego, si el juego que te decía, consistía en que yo te preguntaba: ¿cuánto quiere mi niño a su mamá? (pone voz infantil) “pucho” me decías. Yo te volvía a preguntar “¿cuánto quiere la mamá a su niño?”  (Con voz infantil) “más”, entonces yo te abrazaba y te hacía cosquillitas y te repetía “más, más, más” y tú te reías mucho  (una sonrisa se muere en sus labios). Después fuiste creciendo y papá y yo nunca quisimos darte ni siquiera un cachete en el culo, cuando hacías algo mal, siempre te reíamos las gracias, como la vez en que cogiste un martillo y le machacaste las perlas de los pendientes a la abuela, o aquella en que me tiraste el reloj que me acababa de regalar papá a la taza del water. Todo nos parecía bien, eras pequeño y no queríamos crearte ningún trauma. Ningún trauma, si. Habíamos leído algo de psicología infantil y nos habíamos quedado sólo con la parte de dar mucho cariño, no nos quedó nada en la cabeza sobre los castigos y así nos ha ido. ¡Mira dónde hemos llegado! Y tu padre… ( aquí muestra dolor e ira) él ha tenido la suerte de morirse. Si la “suerte”, es duro decir esto. Yo que tanto le quería. Él tuvo su accidente de tráfico y rápido se quitó de en medio. ¿Qué voy a hacer contigo? ¡Estoy sola contigo! Estoy con el problema, si con el problema que eres tú. (Aparece en pantalla una imagen de Samuel, con 7 años en el patio del colegio) Si, hace tiempo que vienes siendo un problema. (Señalando a la pantalla. Mírate ahí, si ahí, ahí empezó todo. La profesora nos llamaba todas las semanas. Estaba desesperada. No la obedecías. Le pegabas a los demás niños. Tirabas todas las cosas  al suelo. Nosotros íbamos con la cabeza gacha a oír (con voz de profesora) “Su hijo no tiene buen comportamiento. Me paso toda la clase pendiente de él. Y, mire tengo más niños de los que ocuparme” (con voz normal) Nosotros la oíamos, pero te mirábamos a ti, que nos sonreías con esos dos hoyitos en la cara y pensábamos que no era para tanto…que no era para tanto. ¡Qué ilusos éramos! Si era para tanto. ¡Joder si lo era! Como la comprendo ahora a la Srta. Mari Carmen. Si pudiera, iría a pedirle disculpas, ahora la comprendo. Pero…lo peor aún estaba por llegar. (Aparece en la pantalla una imagen de Samuel en la puerta del Instituto con su mochila cargada de libros) Costó trabajo que acabaras la primaria, pero con algo de retraso llegaste a la secundaria. Yo, creía que a lo mejor, en el Instituto al sentirte mayor cambiarías algo (con voz irónica) Ja, ja, que cambiarías algo, gilipollas de mí, ¿cómo pude pensar algo así? ¿Has visto qué cantidad de tacos digo?, yo que en mi vida jamás los había dicho. Nunca se puede decir de esta agua no beberé. (Señalando la habitación) Te cambié la habitación. Te la decoré a tu gusto, tal como está ahora, quité al pato Donald y a Bambi de las paredes y te dejé poner este póster de Lara Croft. Te compré un ordenador para ti solo. Te puse una gran mesa de estudio. No sé para qué la compré. Tu equipo de música, incluso tu televisor, todo para que el rey de la casa estuviera feliz. Si feliz. Aunque tú nunca lo hayas entendido. Pero, llegaste al Instituto y fue peor el remedio que la enfermedad (aquí se le quiebra la voz) La primera borrachera no me sentó tan mal. Pensé que lo habías hecho sin darte cuenta. ¡Cómo se puede ser tan tonta en esta vida! Yo…le eché la culpa a tu amigo Antonio, el hijo de la del cuarto, que es un poco mayor y pensé que él te había llevado a beber y que tú no habías sabido pararte. (Ahora hace como si le estuviera sujetando a Samuel la cabeza mientras este vomita) Te sujeté la cabeza mientras vomitabas, cambié las sábanas, limpié el suelo y al otro día estuve todo el rato pendiente de ti, a ver qué tal te recuperabas. Y esa fue la primera vez. Después vendrían más borracheras, más vomitonas y…la agresividad. Te ponías muy violento cuando te emborrachabas, pero la violencia no pasaba de ser verbal hasta que…según parece, porque yo de esto no entiendo, mezclaste el alcohol con alguna droga y (hace los gestos de cerrar la puerta y esconderse) y me tuve que esconder en mi dormitorio para que no me siguieras pegando. Y ahí fue donde me di cuenta de que ya no había marcha atrás. Que ya no volverías a ser mi niño, que eras un ser peligroso, muy peligroso. (Aparece una imagen actual de Samuel con una cresta rubia agua oxigenada, un pendiente en la oreja, grandes ojeras, pantalones caídos y una gran camiseta negra con una calavera en medio). Mírate en qué te has convertido, bueno en qué te hemos convertido tu padre y yo, y desde hace un año yo sola. Ni siquiera he podido llorar su muerte. Sólo envidiarle por haberse ido. ¡Yo que tanto le quería! (se sienta en una silla, ya completamente derrumbada) Mira, como no nos respetas ni a  tus profesores ni a mi. Después de estar buscando ayuda he encontrado un sitio que se llama Hogar 20 donde llevan a los adolescentes a los que no pueden atender ni sus padres ni los servicios sociales, por ser altamente conflictivos. Después de haber probado todo, incluso el psicólogo al que vas cuando te da la gana, tiró la toalla (la voz se le va apagando) Me duele mucho admitir que me he equivocado. Que no puedo contigo. Después de varios años de haber tenido que hacer terapia. Ya estoy consiguiendo admitir mi parte de culpa, aunque todo lo haya hecho con la mejor intención del mundo. Voy a pedir que te incluyan en un programa de interacción. Que te alejen de mí un tiempo y que me ayuden, por favor, necesito ayuda, que alguien me ayude, estoy muy cansada, muy cansada, no puedo más…

Se apaga la pantalla del proyector y se va haciendo oscuro mientras Hortensia va saliendo por la puerta de la derecha.                  

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